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Mujer y presa política

¿Presa política y mujer?

[Cómo fue ser militante en dictadura]

27 Jun 2018 | Conversemos

El 27 de junio se cumplen 45 años del golpe de Estado dado por el presidente electo de aquel momento, Juan María Bordaberry, junto con las Fuerzas Armadas. Pero lo cierto es que el cambio en el país no se dio en junio, sino que la violación de los derechos humanos empezó mucho antes.

Son muchas las historias que se han dado a conocer sobre la dictadura pero, como en otros ámbitos, las mujeres han tenido un espacio menor para la construcción de ese relato histórico. ¿Te imaginás cómo habrá sido ser mujer y presa política? Es cierto que la cuestión de género no estaba tan instalada en esa época: quizás algunas mujeres no hayan reflexionado sobre su experiencia a la luz de “los lentes violetas” del feminismo, mientras que otras pudieron encontrar en esos años oscuros la semilla de su posterior militancia feminista.

Para empezar a contar la historia en femenino, fuimos a Salto y conversamos con Ingrid. En la época del golpe de Estado, ella tenía 18 años y estudiaba Medicina. En 1972, fue llevada presa y estuvo tres años recluida. Según nos relató, los militares no podían creer que una mujer tan joven pudiera estar involucrada en la militancia política. Ella se animó a contarnos su experiencia y nos deja abierto un espacio para reflexionar sobre una situación del pasado con los ojos del presente.

¿Cómo definirías en una palabra al período dictatorial?

Negro.

¿Creés que hubo algún cambio de rol de las mujeres en esa época?

Y no, no sé, no. Me estoy acordando de un campamento en febrero: fui con otra compañera y, mientras ellos discutían, nosotras picábamos y hacíamos el tuco. Me cuestiono eso, sí, pero a mí me gusta cocinar. Y había compañeras que llevaban la batuta y no cocinaban; había una mujer que llevaba el acta y estaba muy formada políticamente, tenía capacidad de síntesis e intervenía. En la militancia no los veo tan marcados a los roles… considero que cuando la persona tiene cabeza política y argumentos no importa el género, pero hasta un determinado punto; creo que eso pasa a niveles más altos.

Creo que ha habido un cambio, pero algún rol se mantiene. Hay que considerar un poco lo que a la persona le gusta hacer, para qué se considera valiosa… desde ese punto de vista no sé si está estereotipado el rol.

¿Cuál fue tu papel como militante?

Fue un rol menor, fue de propaganda. Con otro montón de gente joven hacíamos propaganda, repartíamos volantes, hacíamos pintadas. Participaba de un CAT, Comando de Apoyo Tupamaro, que tenía un rol menor.

¿Cómo viviste ese rol en un período donde sabías que se llevaban a tus compañeros y corrías peligro?

Era terrible, por eso te digo oscuro. Yo estaba viviendo en Montevideo y estaba con todas las noticias de mis compañeros presos. A mí me llevaron en agosto… en julio en una marcha un compañero me había dicho que se estaban llevando a todo el mundo y éramos los únicos que quedábamos afuera. Era terrible: sabías que siempre estaban llevando a alguien adentro, sabías las cosas que pasaban adentro… Y eso que no había tanta información, no había noticias, pero sí sabíamos que llevaban gente.

¿Estuviste presa durante toda la dictadura?

Estuve del 72 hasta el 75, como toda la gente de los CAT. Ellos hicieron una selección de penas según el nivel de compromiso: los que tenían mayor compromiso político estuvieron los 14 años junto con la gente del MLN [Movimiento de Liberación Nacional], los demás militantes tuvieron otras condenas.

¿Cómo viviste la cárcel?

Hay un montón de vivencias que nunca pensé que las iba a tener: por ejemplo, que te pongan a vivir en un pedacito de un metro por dos metros dividido por lonas, que no te dejen hablar, que te saquen a un recreo, que para todo tengas que pedir permiso… A mí me tocó estar en el Hospital Militar, donde tuve que ver morir gente torturada, llevada a una agonía increíble. Ver personas que caían presas, que nunca hablaban y las destrozaban… las llevaban al Militar en silla de ruedas para que se recuperaran y al mes les daban de nuevo. Escuchar a los militares decir, cuando los doctores les preguntaban por qué estaban así, que se habían desmayado. Escuchar a los tipos con esos cinismos y ver que, por ejemplo, un muchacho hizo un paro cardíaco y la doctora lo reanimó. Eso fue lo que creíamos, porque solo veíamos las botas de los militares.

¿Cómo fue tu vida luego de esos tres años presa?

Me costó muchísimo. ¿Viste como vos decís que te pusiste los lentes violetas? Yo me puse los de la dictadura, entonces relacionarme con mi familia, que me querían tener todo el día en casa, era difícil. Vivíamos en Espinillar [Salto], tenía 21 años, me vigilaban con quién me reunía, qué hacía, me llevaban de vuelta a casa porque allá estaba tranquila.

Era como que viniera de otro planeta, porque en ese tiempo presa tenés unas vivencias que nunca tuviste, te ponen con un grupo de gente con la que tenés un relacionamiento que nunca viviste. ¿Cómo te voy a decir? Ahí sabías que en el grupo que estabas coincidías en todo, tenías la misma visión del mundo… después salías afuera y ni pensar. Cuando salí, en el 75, tenía que pedir permiso para ir a otra ciudad. Cuando fui a Montevideo en el 76 tuve que pedir permiso e ir a registrarme, decidir en qué hotel me iba a quedar…

Después de las vivencias de la cárcel afuera todo parece una película, te cuesta mucho relacionarte. Me costó mucho tiempo, hasta ahora, aprender a digerirlo y hacer otras cosas, elegir gente para hablar, no dar el conflicto en cualquier lugar. Se me fue la sensación de ser una extraterrestre, pero me ha pasado de trabajar en lugares muy conservadores donde he pasado mal, lugares de mentes conservadoras, con “los lentes” te das cuenta a dónde conduce todo eso.

¿Creés que quienes estaban al mando eran más violentos con las mujeres?

Yo estuve en el Batallón de Ingenieros N.º 1 en Montevideo y no me hicieron nada, pero te voy a contar algo y te vas a dar cuenta con los lentes violetas: cuando me llevaron, me dejaron en una barraca. Ni bien se fueron me levanté la venda y estaba lleno de mujeres que me dijeron “aprontate, que como a las dos te vienen a buscar para la máquina”. Yo entendía… pero igual pensaba qué sería lo que me iba a pasar. Pero no me fueron a buscar.

A los dos días me llamó el comandante, me hizo sentar todo amable y me preguntó si sabía por qué estaba ahí: “¿Usted sabe por qué está requerida? Usted piense si no le quitó el novio a alguien y esa alguien la denunció”. Él no podía creer que una chiquilina con 18 años estuviera ahí. No sé si eran más violentos con las mujeres o si tenían una actitud más condescendiente. Cuando me trajeron a Salto, el capitán me preguntó desde cuándo estaba en esto… creían que como mujer no podías estar metida en política y menos siendo tan joven.

¿Qué se te viene a la cabeza si te digo “mujeres y dictadura”?

Fortaleza: vi gente quebrarse, vi gente que lloraba, que se quedaba mal, pero estuve tres años y formamos una comunidad y nunca vi a una mujer quebrarse frente a ellos [los militares]. Sabíamos quién era el enemigo y que teníamos que resistir de verdad, que teníamos que seguir con las mismas convicciones. La frase de “existo porque resisto” me encanta. Yo aprendí que a veces gano y a veces pierdo, aprendí a ser, el hecho es ser: cuando uno es, nadie puede contigo.

¿Qué te gustaría decirles a las adolescentes que leen la revista?

Me gustaría decirles que resistan. Que resistan porque la razón es de ellas, la cuestión no es ganar: es ser. Y que no paren, que los cambios se dan cuando uno trabaja sin prisa y sin pausa. Que no se alejen de la gente que todavía no ha podido entender lo que ellas ya entendieron, que las acompañen y que encuentren la forma de que aquellas que no han podido recorrer el camino lo puedan entender y lograr ese cambio.

En estas adolescentes que leen la revista veo el mismo espíritu que tenía yo a esa edad: que no me gustaba el mundo como estaba y que había cosas para cambiar. Y ahora, 40 años después, veo que siguen existiendo cosas para cambiar y que lo poco que hice con mis compañeros está dando sus frutos. Hoy veo a las feministas cambiar algunas cosas que no están bien.

Agustina

En una lucha constante por cambiar el mundo. Las novelas que leo describen mi vida en ese momento. Amante del té de manzanillas y de les gates.

Ilustración: Tame

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